Archive for November, 2007

Confesiones de una mujer ¿moderna?

En el mes de octubre estuvo circulando por el correo electrónico un mensaje titulado “Confesiones de una mujer moderna”. Como yo me considero una de ellas y el mensaje había sido enviado por una de mis mejores amigas, me detuve a leerlo. (Ojalá tuviera tiempo de leer los muchos y muy divertidos mails que me mandan mis amigas.)

Bueno, como decía, comencé a leer el texto –anónimo, por cierto- y cuál sería mi sorpresa al encontrarme, en el primer párrafo del largo mensaje la siguiente afirmación:“Me gustaría saber quién fue la bruja imbécil, la matriz de las feministas, que tuvo la puta (sic) idea de reivindicar los derechos de la mujer, y por qué hizo eso con nosotras, que nacimos después de ella”.

A continuación, la autora añora los tiempos de nuestra abuelas, que según ella eran felices cocinando, leyendo libros, decorando la casa, podando árboles y educando a sus hijos, entre otras actividades propias de su sexo. Más tarde, continúa diciendo, llegaron los tiempos de la servidumbre, el teléfono, las telenovelas e Internet, lo que propició horas de paz.

Este feliz estado de ocio improductivo fue brutalmente socavado por una infeliz feminista –sigo parafraseando– que abogó porque las mujeres conquistaran “su espacio”.

“Nuestro espacio…¡mis tetas! (sic). Ahora ellos están confundidos, no saben qué papel desempeñan en la sociedad, huyen de nosotras como el diablo de la cruz. Ese chistecito, esa puta (sic) gracia, acabó llenándonos de deberes y obligaciones como si fuéramos hombres, mas aparte las que nos tocan como mujeres. Y, lo peor de todo, ¡acabó lanzándonos dentro del calabozo de la soltería crónica aguda!” ¡Uy! No hay duda de que la autora es alguien que todavía cree en las películas de Disney. Piensa que aún hay príncipes que pueden rescatarla de su soledad. De hecho, más adelante asegura que antes “los matrimonios duraban para siempre” y las mujeres sólo necesitábamos ser frágiles y “dejarnos guiar por la vida”. Para rematar –y a estas alturas ya mi enojo había alcanzado el clímax–, dice que nos volvimos mujeres súper ejecutivas, obsesionadas con el físico, nos llenamos de diplomas y doctorados, pero de cualquier manera seguimos dependiendo de los hombres y ganando menos que ellos, quienes nos siguen dando órdenes. Creo que ni vale la pena responder a alguien que muestra tan poca autoestima y tanta autocompasión, echándole la culpa al feminismo de su desgracia. Como si nuestro género hubiera vivido en verdad en ese estado de plenitud y gracia del que ella habla, y por un puñado de locas desenfrenadas (como califica a las feministas pioneras del siglo pasado) lo perdimos.La libertad, el libre albedrío, la independencia económica, tiene un costo. Claro, no del que habla la atormentada autora de tan lamentable mensaje.

Quizá lo único que puedo decir mínimamente a su favor es que mientras nosotras las mujeres hemos ganado mucho terreno, los hombres se han rezagado. Pero está en nosotras conservar los valores de nuestra feminidad y exigirles a ellos actuar con madurez, repartiendo las cargas laborales dentro y fuera del hogar de acuerdo con nuestras respectivas capacidades intelectuales, nuestros atributos como sexo y con respeto mutuo a nuestras individualidades.

Xavier Velasco: “Yo soy Violetta”

Xavier VelascoUna de mis novelas favoritas es Diablo guardián. Cuando mi hija Pía me invitó hace unas semanas a la conferencia que daría Xavier Velasco en la Ibero, no dudé ni un momento en acompañarla. Tenía ganas de conocerlo desde entonces, desde que en el 2003 me sedujo su novela como hacía mucho no me pasaba. La he leído y re-leído muchas veces. Tengo párrafos enteros subrayados. He regalado varias veces la novela a mis amigas, aunque curiosamente a mí me la regaló un amigo.

Galardonada con el premio Alfaguara de novela 2003, me sorprendió la facilidad con la que el autor, Xavier Velasco, habla en primera persona como Violetta, el personaje central de la novela. No que otros autores antes que Velasco no lo hayan hecho: ahí tenemos a Flaubert, con Madame Bovary, o a Tolstoi con Ana Karenina. Pero Violetta tiene la cualidad adicional de su rotunda actualidad, de reflejarnos a las chilangas, a las clasemedieras. Abro el libro al azar, en la página 196, y ahí la tienes diciendo: “Yo quería volver a Saks, era la única opción. No podía esperar, por más que me sacaran de onda los pendejos detectives. Sentía que si no lo hacía iba a acabar en Woolworth. Además, ya tenía pegada la costumbre de imaginarme la cara que pondría mi familia si un día me veía haciendo esto o aquello. Hasta la fecha lo hago, aunque no sé si todavía me divierte. Lo que me parecía muy poco divertido era tener que imaginármelos viéndome entrar a Woolworth. O viviendo en la calle. O jodida ¿verdad? Buscando trabajillos para Coaticlues Only. Mojaditas gatonas, you know.”

A lo largo de toda la novela, Violetta muestra ese miedo que tenemos tan arraigado por parecer nacas, porque creemos que todas lo son, excepto nosotras. Además, Velasco no escatima en utilizar el “chilango” (el español que hablamos en el D.F.) a lo largo de toda la historia en boca de Violetta. Pero también está Pig, el personaje masculino, cuya historia corre paralela a la de Violetta en capítulos alternados hasta que sus vidas se juntan. Pig es un poco la antítesis de Violetta, un personaje tímido, gris, solitario. Al final de su amena charla, no dudé en plantearle a Velasco mi duda: ¿Tú eres Pig, cierto? Sobre todo después de leer Éste que ves, su última novela autobiográfica, me quedaba claro que tenía que ser Pig.Para mi sorpresa, Xavier me respondió contundente: “Soy Violetta, porque hay mucho en ella de mí, de mis propias travesuras, mis fantasías. Y claro, también hay algo de mí en Pig, aunque en él llevé al extremo mis miedos, mis peores defectos, e hice más profundas mis propias desgracias”. Velasco fue generoso en los detalles de cómo logró escribir su primera novela, cuál fue el proceso creativo, cómo llegó finalmente a desarrollar su personaje central –Violetta– y cómo el éxito inesperado de su libro casi logra desubicarlo. Ojalá que así como fue inspirador para mí, lo haya sido para los compañeros de mi hija, la mayoría de los cuales ni siquiera sabían –por desgracia—qué demonios había escrito.