En el mes de octubre estuvo circulando por el correo electrónico un mensaje titulado “Confesiones de una mujer moderna”. Como yo me considero una de ellas y el mensaje había sido enviado por una de mis mejores amigas, me detuve a leerlo. (Ojalá tuviera tiempo de leer los muchos y muy divertidos mails que me mandan mis amigas.)

Bueno, como decía, comencé a leer el texto –anónimo, por cierto- y cuál sería mi sorpresa al encontrarme, en el primer párrafo del largo mensaje la siguiente afirmación:“Me gustaría saber quién fue la bruja imbécil, la matriz de las feministas, que tuvo la puta (sic) idea de reivindicar los derechos de la mujer, y por qué hizo eso con nosotras, que nacimos después de ella”.

A continuación, la autora añora los tiempos de nuestra abuelas, que según ella eran felices cocinando, leyendo libros, decorando la casa, podando árboles y educando a sus hijos, entre otras actividades propias de su sexo. Más tarde, continúa diciendo, llegaron los tiempos de la servidumbre, el teléfono, las telenovelas e Internet, lo que propició horas de paz.

Este feliz estado de ocio improductivo fue brutalmente socavado por una infeliz feminista –sigo parafraseando– que abogó porque las mujeres conquistaran “su espacio”.

“Nuestro espacio…¡mis tetas! (sic). Ahora ellos están confundidos, no saben qué papel desempeñan en la sociedad, huyen de nosotras como el diablo de la cruz. Ese chistecito, esa puta (sic) gracia, acabó llenándonos de deberes y obligaciones como si fuéramos hombres, mas aparte las que nos tocan como mujeres. Y, lo peor de todo, ¡acabó lanzándonos dentro del calabozo de la soltería crónica aguda!” ¡Uy! No hay duda de que la autora es alguien que todavía cree en las películas de Disney. Piensa que aún hay príncipes que pueden rescatarla de su soledad. De hecho, más adelante asegura que antes “los matrimonios duraban para siempre” y las mujeres sólo necesitábamos ser frágiles y “dejarnos guiar por la vida”. Para rematar –y a estas alturas ya mi enojo había alcanzado el clímax–, dice que nos volvimos mujeres súper ejecutivas, obsesionadas con el físico, nos llenamos de diplomas y doctorados, pero de cualquier manera seguimos dependiendo de los hombres y ganando menos que ellos, quienes nos siguen dando órdenes. Creo que ni vale la pena responder a alguien que muestra tan poca autoestima y tanta autocompasión, echándole la culpa al feminismo de su desgracia. Como si nuestro género hubiera vivido en verdad en ese estado de plenitud y gracia del que ella habla, y por un puñado de locas desenfrenadas (como califica a las feministas pioneras del siglo pasado) lo perdimos.La libertad, el libre albedrío, la independencia económica, tiene un costo. Claro, no del que habla la atormentada autora de tan lamentable mensaje.

Quizá lo único que puedo decir mínimamente a su favor es que mientras nosotras las mujeres hemos ganado mucho terreno, los hombres se han rezagado. Pero está en nosotras conservar los valores de nuestra feminidad y exigirles a ellos actuar con madurez, repartiendo las cargas laborales dentro y fuera del hogar de acuerdo con nuestras respectivas capacidades intelectuales, nuestros atributos como sexo y con respeto mutuo a nuestras individualidades.