El domingo 4 de mayo volví a correr la ya tradicional carrera del “Día de la Madre” que organizan mis muy profesionales compañeros del Bosque de Tlalpan. Es una carrerita simpática de tan sólo 5 kilómetros, que parte del Bosque de Tlalpan, sigue por Zacatepetl, pasa frente a Perisur, sigue por una calle que desemboca en Insurgentes y de ahí regresa por el mismo lugar de nuevo a la meta dentro del Bosque. Hice un tiempo vergonzoso (por favor, ni averigüe), pero lo importante fue que corrieron mis queridos Germán y Natalia conmigo, los dos adolescentes que me han adoptado como mamá.

Y los dos fueron valientes, alegres y terminaron sin grande esfuerzo y con mucha satisfacción. Si usted no ha corrido aún con sus hijos, se lo recomiendo ampliamente.

Pero ahora viene la peor de las carreras: prepararse para los “festejos” del 10 de mayo. Que si el regalo, que si el desayuno o la comida. ¿En casa de quién? ¿Con la mamá, con la suegra o con las dos? ¿Con las cuñadas o las hermanas? ¿Quién hace qué? ¿Cooperacha o traje?

Yo ya cumplí y hace como un mes le regalé a mi sacrosanta madre una buen tele de pantalla plana LCD de 32 pulgadas. Dice que está feliz. Ahora espero no regarla el día del festejo, porque igual ni ganas tiene de ir a mis casa con mi familia política. Además, me pregunto, ¿qué me regalarán mis hijos? Si es que me regalan algo, claro. Y ¿qué debo regalarle a mi suegra? Si es que se da cuenta, claro.

¿Por qué no quedamos que todos son los días de todos y ya? Así todos nos festejamos mutuamente, todos los días, y nos decimos lo mucho que nos apreciamos, cuidamos de darnos pequeños detalles cotidianos, de procurar la felicidad unos de los otros y de hacernos mutuamente felices. Digo, es una propuesta.