El viernes pasado me escapé de un retén. Para ser precisa, un tipo uniformado en color azul intentó detenerme en el retén que por muchos meses estuvo establecido en Ejército Nacional y Ferrocarril de Cuernavaca, en los rumbos de Polanco.

No era la primera vez, por cierto, que me resistía a este acto arbitrario de detención. Todos los días paso por ese crucero y supongo que el tipo “me traía ganas”. El viernes pasado de plano se me atravesó por delante, pero yo sin siquiera pensarlo me seguí de frente. A menos de 100 metros hay un semáforo y tuve miedo de que me alcanzaran. Pensé que seguro habían tomado nota de las placas y que seguramente estarían esperándome en mi siguiente paso por el lugar. Créame que todo el fin de semana me persiguió el asunto. Mi conciencia y sentido de la responsabilidad me torturaban: por momentos me hacían sentir una prófuga, alguien hubiera sido captada in fraganti pero que hubiera escapado luego de cometer el delito. Cuando esos pensamientos me asaltaban, entonces me recordaba a mi misma que no tenía nada que temer y que ese tipo de retenes no deberían existir en un país donde se supone que hay garantías individuales y libre circulación. Pensé todo el fin de semana en la forma en que tendría que evadir el dichoso retén (el crucero está muy cerca de oficina) y terminé teniendo pesadillas.

En eso estaba cuando abro el periódico el domingo y comienzo a ver decenas de esquelas en torno a la familia Martí. Fue sin embargo hasta el día siguiente, el pasado lunes 4 de agosto, cuando supe la brutal forma en que el pequeño Fernando había muerto. Pasé una vez más cerca del retén, en otro coche, y ya no sólo estaban los uniformados de azul sino también un camión lleno de soldados en camuflaje y portando armas. Por fortuna, no parecía que estuvieran deteniendo vehículos.

El martes escuché al flamante director de la policía capitalina, Manuel Mondragón, declarando en entrevista radiofónica que había girado instrucciones para que desaparecieran todos los retenes. (Fue así que detuvieron, simulando uno de éstos, al niño Fernando Martí y su escolta.) Yo, por si las dudas, sigo sin pasar por el dichoso crucero. ¿Hasta cuándo vamos a vivir en esta paranoia? ¿Cuánto más podemos tolerar?