Gracias a mi smartphone, mientras conduzco a mi oficina me las ingenio para mandar  un par de SMSs, saludar a mis seguidores en Twitter, revisar mi TL (Time Line), y ojear rápidamente los asuntos de los correos electrónicos recibidos en las últimas 12 horas (de las 8 pm a las 8 am). A veces, hasta puedo chatear a través del mensajero instantáneo (tráfico mediante).  Llego a mi oficina y mi bandeja de entrada dice que tengo más de 1,300 correos acumulados (además de las notificaciones de Facebook y LinkedIn). Conecto mi iPod y me entero en iTunes que hay nuevos capítulos de los Podcasts a los que estoy suscrita, además de sugerencias de Genius de álbums y canciones que debería adquirir según mi exquisito gusto musical. Tengo también mensajes en mi correo de voz y una que otra conversación abierta en el Messenger. ¿Eso me hace más productiva? Los expertos indican que no. Estoy, simplemente, en un estado puro de Information overload.  Por fortuna, existen algunas medidas para mitigar la sobreexposición, un poco como bajarse –a ratos– del ciberespacio, parafraseando a Mafalda.

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