Recuerdo que era casi imposible sujetar a un directivo de Sistemas (como entonces los llamábamos) a una silla. Sacarlo de su oficina para asistir a un programa de conferencias de un día completo resultaba imposible. Con sus bipers a la cintura, invariablemente salían corriendo para atender la caída de una aplicación, de un servidor, el atasque de una impresora o la interrupción de los enlaces de fibra.

Cierto que tampoco el contenido de las conferencias ameritaba jugarse el pellejo. La mayoría eran soporíferamante técnicas o insoportablemente comerciales. ¿Qué hacer?

Al calor de unos whiskys, me lamenté amargamente de la situación con un par de importantes directores de sistemas. Casi al unísono me dijeron: “Sácanos de nuestras oficinas”. O sea…¿cómo? Si no pueden salirse ni una hora completa. “Sí, llévanos lejos, donde no podamos volver de inmediato a la oficina”. ¿Una playa? “¡Exacto!”

¿Y qué hay del contenido? “Nada de comerciales, nada de rollo técnico. Tenemos muchos otros intereses y otras carencias”. Y así comenzó a gestarse el CIO Summit hace 11 años.

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