Estoy de vacaciones en el país más bello del mundo, aprovechando que mi primogénita se instala aquí con propósitos de estudio (¿por qué yo no fui mi hija?) y desde que salí de México no he estado más de 12 horas desconectada –la duración del vuelo en todo caso–.  La ansiedad de la incomunicación y las ganas de gritarle al mundo que estás pasándola de pocastuercas son más fuertes que la necesidad de bajar el ritmo y disfrutar el ocio. ¿Es éste un nuevo tipo de codepedencia?

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